Aunque, en realidad, el mal de amor es un colmo en sí mismo, es el exceso puro. Recuerdo ahora ese otro caso de hace un par de años, cuando Lisa, una astronauta que viajó en el Discovery en 2006, pegó y trató de secuestrar a una mujer porque se enteró de que salía con el hombre (otro astronauta) del que ella estaba enamorada. Y eso que se supone que los navegantes espaciales tienen que superar unas durísimas pruebas psicológicas y que sólo logran volar los más equilibrados. Los más normales.
Pero el amor, o mejor dicho la obsesión pasional (porque el amor es otra cosa), es como un sacacorchos: consigue extraer el tapón de cordura hasta de los individuos aparentemente más serenos y dejar en libertad al chalado interior. Por fortuna, no todo el mundo llega a perturbarse hasta el punto de intentar secuestrar a su rival o de ponerse a vacunar a los vecinos, pero, ¿quién no ha cometido en su vida alguna estupidez monumental a causa de una pasión, quién no ha hecho el ridículo? Como dice el escritor Alejandro Gándara, el mal de amores es como marearse en un barco: todos se ríen de ti, pero tú te sientes morir. Ahí nos duele.
No hay comentarios:
Publicar un comentario